
En mayo, volvió la primavera. Parafraseando los “Cien años de soledad”, de García Márquez, en Rute, cada año por estas fechas regresa el tiempo de lo imperecedero. Son los particulares cinco siglos de devoción de este pueblo. Es a la vez el alegórico triunfo del color y las flores, que eclosiona en las Fiestas de la Virgen de la Cabeza. Hay, en efecto, mucho de retorno, de nostalgia, porque son muchos los que regresan a sus raíces. No se trata sólo de un regreso físico, de un homenaje a quienes tuvieron que marcharse de Rute en su momento y se aferran en el segundo domingo de mayo a las raíces donde guardan sus recuerdos. Por un día, estos otros ruteños también volvieron con la primavera. Y de su mano volvieron los seguidores de otras hermandades filiales, que comparten una misma devoción. Durante esta jornada, Rute se convierte en un pueblo cosmopolita. Por un día conviven gentes de localidades vecinas y hasta algún extranjero que observa con una mezcla de curiosidad, estupor y admiración una tradición todavía extraña para la mayoría de ellos.
Pero además de quienes se desplazan desde fuera, los que viven aquí también regresan al tiempo donde se forjó su inconsciente colectivo. Cada uno edifica su propio “palacio de la memoria” y en él rebusca imágenes de colgaduras en las fachadas, de macetas en las ventanas y pétalos lanzados desde los balcones. Desde la llegada de los Hermanos de Andújar hasta el besamanos que echa el telón el día 31, estas fiestas están asociadas al color y al recuerdo: el recuerdo de una tradición vivida desde la niñez, trasmitida de generación en generación; el color de las flores, y por extensión de los trajes de faralaes, de los vestidos de las reinas y damas, incluso de todo lo que adorna el trono de la Morenita.
Esa paleta cromática viene cargada de aromas, de instantes. Si Marcel Proust fue capaz de reconstruir toda una infancia a partir del simple olor y sabor de una magdalena, la ofrenda de flores del sábado por la tarde refresca la memoria de vivencias repetidas una vez y otra, pero que se renuevan cada año. Son las flores que han de adornar la mañana del segundo domingo de mayo ruteño. Quizás por eso cada año esta ofrenda es un espectáculo más concurrido, como si se tomara consciencia de que representa el primer motor que reactiva esos recuerdos. Y el hecho de rememorar trae aparejado cierto orgullo de pertenencia, de saber que, en buena parte, lo que somos viene condicionado por lo que nos rodea, por esos momentos que cultivaron con el paso de los años el jardín de nuestra experiencia vital. De ese jardín se rescatan también las ideas a las que se recurre para engalanar las calles en estos días.
Todo eso se va a encontrar la Morenita después de “la bajada”. Justo al terminar la función religiosa del domingo, llega ese instante en que muchos contienen la respiración, que anticipa que está a punto de ocurrir algo diferente. Y, como remarcó Manuel Caballero en su pregón, lo que se anuncia es que la Virgen de la Cabeza toma las calles de Rute para ponerse en manos de su pueblo. Así ha sucedido durante generaciones. Muchos de quienes vivieron este fervor y se encargaron de trasmitirlo ya no están entre nosotros. Es tarea de los pregoneros mencionar el ejemplo que representaron, y de la cofradía recordar su vacío, como ha hecho este año con los crespones negros en memoria de Antonio Granados y Mariano Gómez, fallecidos en el último año.
Tras “la bajada”, es la hora de que esta “romería urbana” recorra unas calles donde la multitud se entrega enfervorecida. Sus palmas y vítores se integran en el compás creciente de sevillanas y rumbas de los coros romeros, en cada nota de los himnos que interpreta la Banda Municipal. Tanto la Agrupación Musical Santo Ángel Custodio, por la mañana, como la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora del Arriate, por la noche, complementan de manera imprescindible los dos itinerarios procesionales. Pero tampoco cabe duda de que la banda sonora de estas fiestas está compuesta por los himnos de la Morenita. Son los himnos que se repiten durante toda la mañana y toda la noche pero que en ningún lugar reverberan como en los recovecos de los Cortijuelos, la calle que en este día se hace historia, la cortijada donde hace cinco siglos un grupo de humildes caleros germinaron una leyenda de la que todos sus descendientes se sentirían orgullosos herederos.

Esa energía que emana de las entrañas de los Cortijuelos se ha extendido al resto de la mañana. En cada punto del recorrido se puede arrancar una garganta de forma espontánea gritando “Morenita, guapa”. En cualquier calle pueden sonar unas palmas y un compás que inciten a los costaleros a bailar el trono. Y la inercia llega hasta la noche, cuando el aire de romería cede el testigo a la solemnidad de un recorrido oficial, con la Corporación municipal y el resto de las cofradías ruteñas presentando respectos a esta tradición. Porque el tono solemne no está reñido con la alegría de ver a la Virgen de la Cabeza de nuevo en la calle, porque el blanco que predomina ahora en su manto, en sus flores, en los vestidos de las damas, no está reñido con la luz y el color del espectáculo pirotécnico (ya habitual) que ofrece la asociación cultural “Morenita, Reina de Rute” en el Paseo Francisco Salto. Y porque, en fin, la solemnidad volverá a tornarse desenfreno de cánticos, desde el tramo final del Cerro hasta llegar al Paseo del Llano, donde se invoca por última vez al “chocolatín del cielo”.
Después de la traca final, queda un instante de silencio, hasta que alguien toma aire para gritar de nuevo “¡Viva la Virgen de la Cabeza!”. Ha vuelto a su templo, a San Francisco, hasta el próximo segundo domingo de mayo. En el lunes de resaca, el aire mezcla los restos de pólvora y pétalos. En muchos oídos aún resuenan los ecos de tanto canto, de tantos vítores. Camino de la casa de hermandad, donde se subastan los regalos de la mesa, hay quien pasea tarareando en voz baja “Morenita y pequeñita”. Lo hace casi en un susurro, en una suerte de diálogo íntimo, sabiendo que no le acompaña un coro popular multitudinario, ese coro de emociones que tiene un año por delante para ensayar sus himnos de fervor.
Canal Romero
Radio Rute
Fotos.- Antonio Arcos